Madurez espiritual

MADUREZ ESPIRITUAL

¿Alguna vez te pusiste a pensar si realmente cambiaste desde que conociste a Dios?

No solamente en lo que hacés, sino en tu manera de pensar, de actuar, de tomar decisiones, de enfrentar los problemas y de relacionarte con Dios.

Dios puede producir un cambio drástico en nuestra vida. Pero también existe algo que depende de nosotros: decidir crecer.

Entonces, podemos preguntarnos:

¿Me considero una persona madura espiritualmente?

Y más importante todavía:

¿Cómo debería ser una persona madura espiritualmente?

Crecer no es lo mismo que madurar

Cuando hablamos de madurez no nos referimos al crecimiento físico.

Nuestro cuerpo crece sin que tengamos que decidirlo. Es algo natural que sucede con el paso del tiempo.

Pero la madurez espiritual es diferente.

Madurar es intencional.

Nosotros decidimos crecer, aprender, cambiar y acercarnos cada día más a Dios.

Podemos llevar muchos años dentro de la iglesia y, aun así, seguir siendo inmaduros espiritualmente.

Leche o alimento sólido

En Hebreos 5:11-14 se habla de personas que ya llevaban tiempo conociendo a Dios, pero que todavía necesitaban que alguien les enseñara nuevamente las cosas básicas.

El autor utiliza una comparación muy sencilla: un bebé necesita leche, pero una persona que creció puede alimentarse con comida sólida.

Lo mismo puede suceder espiritualmente.

Al principio necesitamos que otros nos enseñen, nos acompañen y nos ayuden a entender muchas cosas. Y eso está bien.

El problema aparece cuando pasan los años y seguimos dependiendo de que otros nos digan qué hacer, qué creer o cómo acercarnos a Dios.

Dios quiere que crezcamos.

Que podamos conocerlo personalmente, comprender su Palabra y desarrollar una relación con Él que no dependa únicamente de lo que otros nos enseñan.

Por eso, hay algunas preguntas que pueden ayudarnos a reconocer si realmente estamos buscando madurar.

¿Conocemos realmente a Dios?

“Y podemos estar seguros de que lo conocemos si obedecemos sus mandamientos.”
1 Juan 2:3-6

Conocer a Dios no significa solamente saber cosas acerca de Él.

Podemos conocer muchos versículos, asistir a la iglesia, participar de actividades y escuchar prédicas todas las semanas, pero la pregunta es:

¿Realmente estamos conociendo a Dios?

La relación con Dios se refleja también en nuestra manera de vivir.

A medida que lo conocemos, comenzamos a querer parecernos más a Jesús y a vivir de acuerdo con su voluntad.

¿Somos fluctuantes en las cosas de Dios?

Hay momentos en los que estamos súper conectados con Dios y otros en los que desaparecemos completamente.

Un día tenemos ganas de orar, leer la Biblia y buscar a Dios, y al siguiente no queremos saber nada.

Nuestra relación con Dios no puede depender solamente de cómo nos sentimos.

1 Corintios 10:21 nos recuerda que no podemos querer participar de la mesa del Señor y, al mismo tiempo, vivir buscando otras cosas que ocupen su lugar.

La madurez espiritual también significa aprender a permanecer firmes.

No solamente buscar a Dios cuando estamos bien, cuando tenemos ganas o cuando necesitamos algo.

Seguir a Dios también es una decisión.

¿Estamos tomando nuestra cruz?

“Piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Pues ustedes han muerto a esta vida, y ahora su verdadera vida está escondida con Cristo en Dios.”
Colosenses 3:1-4

Seguir a Jesús implica dejar atrás una vieja manera de vivir.

Y acá aparece una pregunta importante:

¿Cómo voy a madurar si todavía sigo alimentando al viejo ser que hay en mí?

No podemos querer crecer espiritualmente mientras seguimos alimentando constantemente aquello de lo que Dios nos está llamando a salir.

Madurar implica aprender a decir que no a determinadas cosas, cambiar nuestra manera de pensar y permitir que Dios transforme nuestra vida.

Pablo lo entendió claramente:

“Todo lo que yo consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo.”
Filipenses 3:7

Cuando conocemos realmente a Jesús, empezamos a entender que hay cosas que antes considerábamos importantes y que ya no tienen el mismo valor.

Porque estamos descubriendo algo mucho más grande: Cristo.

Hay una frase que resume esta idea:

“No podemos habitar en el Cristo resucitado si no habitamos en el Cristo crucificado.”

La vida nueva que tenemos en Cristo está relacionada con dejar morir aquello que nos alejaba de Dios.

La madurez se demuestra

La madurez espiritual no se trata solamente de cuánto sabemos.

Se demuestra en cómo vivimos.

Una persona madura espiritualmente no es aquella que nunca se equivoca, sino aquella que aprende, reconoce sus errores, busca a Dios y sigue creciendo.

La madurez se ve cuando:

  • Buscamos a Dios aun cuando no tenemos ganas.

  • Aprendemos a tomar decisiones según su voluntad.

  • Dejamos atrás cosas que sabemos que nos alejan de Él.

  • No dependemos constantemente de otros para alimentar nuestra relación con Dios.

  • Permanecemos firmes aunque las circunstancias cambien.

  • Queremos conocer cada vez más a Jesús.

¿Para qué queremos madurar?

1 Corintios 15:58 nos anima a permanecer firmes y constantes en la obra del Señor.

La madurez espiritual nos permite tener una comunión más profunda con Dios y convertirnos en instrumentos de confianza en sus manos.

Cuando maduramos, Dios puede confiarnos más porque estamos aprendiendo a escuchar, obedecer y permanecer firmes.

No se trata de llegar a un punto en el que ya no necesitamos crecer.

Al contrario: cuanto más conocemos a Dios, más queremos conocerlo.

La meta no debería ser obligarnos todos los días a buscar a Dios, sino llegar al punto en el que nuestra relación con Él se vuelva tan necesaria que queramos estar en su presencia.

Así como nuestro cuerpo necesita alimento y descanso, que nuestro espíritu también tenga hambre de Dios.

¿Estoy creciendo?

Quizás hoy necesitamos dejar de medir nuestra madurez por cuánto tiempo llevamos en la iglesia o cuánto sabemos de la Biblia.

La pregunta es:

¿Cuánto estoy creciendo?

¿Soy la misma persona que era cuando conocí a Jesús?

¿Mi manera de pensar cambió?

¿Mi manera de reaccionar cambió?

¿Mi relación con Dios creció?

¿Estoy dejando atrás al viejo yo?

Madurar espiritualmente es una decisión.

No alcanza con haber conocido a Dios. Tenemos que seguir creciendo en Él.

Y ese crecimiento no ocurre de un día para otro.

Es un proceso diario de buscarlo, conocerlo, obedecerlo y permitir que transforme nuestra vida.

Porque cuanto más conocemos a Jesús, más queremos estar cerca de Él.

La pregunta no es solamente “¿hace cuánto conozco a Dios?”

La pregunta es: “¿Cuánto crecí desde que lo conocí?”

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