Un corazón, frio, tibio o caliente

SI DIOS EXAMINARA NUESTRO CORAZÓN, ¿CÓMO LO ENCONTRARÍA?

Si Dios examinara hoy nuestro corazón, ¿qué encontraría?

No solamente lo que mostramos a los demás, sino lo que realmente somos cuando nadie nos está mirando.

¿Cómo es nuestra vida?

¿Cuáles son nuestros hábitos?

¿Qué ocupa nuestro tiempo, nuestros pensamientos y nuestras decisiones?

Dios ve todo

En Apocalipsis 3:14-21 encontramos el mensaje de Jesús a la iglesia de Laodicea. Jesús conoce cómo estaban viviendo y les muestra que no eran ni fríos ni calientes, sino tibios.

Podemos preguntarnos:

¿Cómo está nuestra relación con Dios?

“Nada de lo que Dios ha creado está oculto de él. Todo está desnudo y expuesto ante sus ojos; y es a él a quien rendiremos cuentas.”
Hebreos 4:13

Dios ve todo.

No solamente nuestras acciones, sino también nuestras intenciones, pensamientos y lo que sucede en lo profundo de nuestro corazón.

“Oh Señor, has examinado mi corazón y sabes todo acerca de mí.”
Salmos 139:1

Dios nos conoce perfectamente.

La idea de conocer también implica examinar, observar detenidamente, como si alguien inspeccionara algo con una lupa.

Y así nos mira Dios: no para buscar una excusa para condenarnos, sino porque Él conoce hasta lo más profundo de nosotros.

No podemos esconderle nada.

¿Calientes, fríos o tibios?

En Apocalipsis 3, Jesús habla de tres estados.

Una persona caliente

Es alguien cuya fe está creciendo porque mantiene una relación continua e íntima con Dios.

Busca su presencia, conoce su Palabra y quiere vivir de acuerdo con su voluntad.

Una persona fría

Es alguien que rechaza el evangelio y no quiere tener una relación con Dios.

Una persona tibia

Es quizás la más peligrosa de las tres.

Por fuera puede parecer que todo está bien.

Puede asistir a la iglesia, conocer versículos, participar de actividades y hablar de Dios.

Pero por dentro puede existir una realidad completamente diferente.

Aparentemente limpia, pero podrida por dentro.

Y acá aparece una pregunta incómoda:

¿Estamos viviendo una mentira y ya nos sentimos cómodos con ella?

Podemos aparentar delante de las personas, pero no delante de Dios.

Vivir de esa manera termina convirtiéndose en una vida vacía, incluso teniendo a Cristo cerca.

“Si afirmamos que tenemos comunión con él, pero seguimos viviendo en oscuridad, mentimos y no vivimos en la verdad.”
1 Juan 1:6

Por eso necesitamos detenernos y examinarnos.

¿Qué podemos hacer?

Si descubrimos que nuestra relación con Dios no está como debería, eso no significa que todo está perdido.

Todavía podemos cambiar.

Pero tenemos que estar dispuestos a reconocer dónde estamos y tomar decisiones.

1. Reconocer dónde estamos

El primer paso es ser honestos con nosotros mismos.

¿Dónde estoy espiritualmente?

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

¿Cómo está mi relación con Dios?

Jesús no solamente quiere ser nuestro Salvador.

También quiere ser nuestro Señor.

Y eso significa reconocerlo como el dueño de nuestra vida.

En Lucas 13:24-27, Jesús habla de la necesidad de esforzarnos por entrar por la puerta estrecha.

La vida con Dios requiere una decisión y un corazón dispuesto a crecer.

No podemos esperar tener una relación profunda con Dios si nunca buscamos pasar tiempo con Él.

Y la fe también tiene que verse en nuestra manera de vivir.

“¿De qué sirve, queridos hermanos y hermanas, decir que tienen fe si no demuestran que tienen algo que hacer?”
Santiago 2:14-17

Si realmente hay frutos en nuestra vida, también habrá acciones que los demuestren.

La fe no es solamente algo que decimos.

Es algo que vivimos.

2. Quebrantamiento

Para que exista una verdadera transformación, primero tenemos que permitir que Dios nos muestre aquello que está mal.

La convicción nos lleva al quebrantamiento.

Y el quebrantamiento implica reconocer:

“Hay cosas en mi vida que necesito cambiar.”

Pero esto es un proceso.

Tenemos que preguntarnos:

¿Dónde está puesta nuestra seguridad?

Porque aquello de lo que dependemos puede terminar dominando nuestra vida.

“¿No se dan cuenta de que se convierten en esclavos de todo lo que deciden obedecer?”
Romanos 6:16

Podemos terminar siendo esclavos del pecado o decidir obedecer a Dios.

Una elección nos lleva por un camino de muerte; la otra nos lleva hacia una vida de obediencia y justicia.

Por eso, para que haya transformación, tiene que haber arrepentimiento.

No solamente sentir culpa.

Arrepentirse significa reconocer el error y estar dispuesto a cambiar de dirección.

3. Confesar nuestros pecados a Dios

“Entonces, si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, busca mi rostro y se aparta de su conducta perversa, yo oiré desde el cielo, perdonaré sus pecados y restauraré su tierra.”
2 Crónicas 7:14

Dios no espera que escondamos nuestros errores.

Nos invita a acercarnos a Él, humillarnos, orar, reconocer nuestros pecados y apartarnos de aquello que nos está alejando.

Y hay una promesa hermosa:

Él restaura.

Puede restaurar nuestra relación con Él y también nuestro corazón.

“Pues no quiero que nadie muera —dice el Señor Soberano—. ¡Cambien de rumbo y vivan!”
Ezequiel 18:32

Dios no quiere que permanezcamos en el camino equivocado.

Nos llama a cambiar de rumbo y vivir.

ES HOY

Quizás al leer esto descubrimos cosas de nuestro corazón que no queríamos ver.

Quizás nos dimos cuenta de que estamos tibios.

Quizás nuestra relación con Dios se enfrió.

Quizás estamos viviendo una apariencia que ya no coincide con lo que realmente sucede dentro nuestro.

Pero hoy tenemos una oportunidad.

Todavía estamos a tiempo de cambiar de rumbo.

No tenemos que seguir viviendo una vida vacía.

Podemos reconocer dónde estamos, permitir que Dios nos quebrante, arrepentirnos, confesar nuestros pecados y volver a buscarlo.

Porque cuando Dios examina nuestro corazón, no tenemos que tener miedo de que encuentre algo roto.

Podemos permitirle entrar justamente en esos lugares para que Él los transforme.

Si Dios examinara hoy nuestro corazón, ¿cómo lo encontraría?

¿Caliente, frío o tibio?

Es hoy. Estamos a tiempo de cambiar de rumbo y vivir.

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